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Inicia Gran Premio de México

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Por / By Ángelo della Corsa

Se trata de la nave de Aeroméxico, Boeing 777, procedente de Madrid. Desde una de sus ventanillas a mano izquierda del fuselaje, ya se puede ver que el destino final está cerca. Dos volcanes, que son los vigilantes permanentes, no dan margen al engaño. México-Tenochtitlan queda a los pies de más de una veintena de personajes que son parte fundamental de la familia de la Fórmula 1, de la llamada carpa. Tipos medio bohemios con cierta semejanza a los saltimbanquis que vienen siguiendo, etapa por etapa, lo que ha sucedido en las 17 justas previas. Algunos de ellos con más de 25 años en esta danza. Periodistas, hombres de empresa o técnicos quienes se encargan junto a un coro de otras 800 personas, o más, de darle vida a los Grandes Premios. Ellos se suman a los pilotos y a los directores de los equipos. Son tan importantes como los que más.

El altavoz del avión deja oír al capitán que viene al frente. Reza la fórmula consabida porque van a tocar tierra. Es cuando el fotógrafo alemán Lukas Gorys comienza a saborear lo que le espera y se llena de emoción. Asegura que en este país le pasan cosas que no ocurren en ninguna de las otras sedes mundiales que albergan las veinte carreras del año. ¿Qué es? Su gente.

Detrás de la metrópoli, de sus costumbres particulares de los sabores vibrantes de su comida, del colorido de las calles y de las casas de la enorme ciudad, donde los perros vagabundean y en la cual, como signo distintivo, el tráfico siempre está engalletado: se siente cómo son los dueños de una alegría singular que cuesta trabajo entender. En especial, por su capacidad de llevarla hasta la pista donde se juegan las justas más veloces de coches. Y es que el autódromo de los Hermanos Rodríguez ha hecho época porque tiene melodía.

En todos los demás escenarios se pasa bien el tiempo, pero acá hay algo peculiar: ese canto que lo distingue. Conscientes de que en los años sesenta del siglo pasado (desde 1963 hasta 1970) se corrieron las primeras ocho carreras la Fórmula 1, que hicieron época. Fueron los días fabulosos de Jim Clark y Graham Hill.

Un país en el que se puede ver que aprendió muy bien de la categoría mayor de las competiciones entre los carros, porque después le tocó vivir los años locos de Ayrton Senna y de Alain Prost; los de Nelson Piquet y de Nigel Mansell que fueron entre 1986 y 1992. Ésos que han dejado tan lindos recuerdos.

Pero nada comparable a lo que ha venido ocurriendo en el siglo XXI cuando la tecnología se desboca y los sentimientos han pasado al departamento de los trebejos. Cuesta trabajo entender que, en la plenitud de la vida cibernética, haya un lugar o más bien una sociedad así de amigable y afectuosa, que sabe cómo arreglárselas para que en estos días tan complicados: consiga comunicar esos valores que lleva en el alma. Es lo que marca la gran diferencia y tienen que seguirlo regalando al mundo. 

En México, no se llega nada más a una carrera, sino que a una fiesta. Así, llorando, con los corazones llenos de alegría.

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